Durante años no supe cómo responder una pregunta aparentemente simple ¿A qué te dedicas? No porque no tuviese claro lo qué hacía, sino porque en innumerables ocasiones la respuesta era demasiado larga para caber en una sola frase. Son muchos mis intereses y a veces poco combinables para la mayoría de personas. Hoy sé que hay una palabra para eso: polimatía. Reflexionar sobre ella me motivó a revisar mi camino profesional y contarla, por si le resuena a alguien más 😊.
CUANDO DEFINIR LO QUE HACES NO ES TAREA FÁCIL
¿Qué estudiaste? ¿Eres artista, gestor, comunicador? ¿Cómo conseguiste ese trabajo si no estudiaste eso? Durante años me enfrenté a preguntas parecidas en reuniones de trabajo, presentaciones de proyectos, ante amigos, etc. En varias ocasiones la pregunta venía acompañada con una mirada de confusión al escuchar mi relato sobre los múltiples trabajos o proyectos en que me metía o el rol que cumplía en cada uno de ellos.
Mi perfil profesional indica que egresé de Bellas Artes, pero también estudié – a veces sin concluirlo – periodismo, marketing, gestión cultural, comunicación, gestión de proyectos en TIC, etc. Aprendí a profundizar y especializarme de forma autodidacta, pero también cursé postgrados en instituciones educativas nacionales e internacionales; trabajé en un museo y una consultora de coaching; desarrollé proyectos digitales y eventos culturales; diseñé servicios y contenidos; lideré iniciativas que me llevaron a estudiar y dominar PHP, Python, análisis de datos, gestión de marcas, diseño gráfico y un largo etcétera.

Durante mucho tiempo aislé mis mundos. La mayor parte de mis amigos desconocen mi lado geek, mi faceta de artista, mi gusto por el noise y la musica chicha o el interés por el mundo de la programación y la moda. Tenía el prejuicio de que dar a conocer mis variados intereses haría que la gente me mirara con sospecha y me juzgara, como si esa amplitud fuera sinónimo de superficialidad o poco profesionalismo.
En innumerables ocasiones también dudé de mí ¿Debería enfocarme? ¿Debería elegir un solo carril profesional y quedarme en él? ¿Todo esa variedad era una fortaleza o, simplemente, una falta de dirección disfrazada de curiosidad?
¿QUÉ HACER CON MI VIDA?
En 1992 terminé mis estudios secundarios y me encontraba ante la gran disyuntiva de definir que hacer con mi vida. Había estudiado en el Colegio Nacional Nuestra Señora de Guadalupe, ubicado en el centro de Lima, y estaba profundamente interesado en la política y la literatura.

Un par de años antes había formado parte de las juventudes del Movimiento Libertad, el proyecto político liderado por Mario Vargas Llosa, bajo el cual fue candidato a la presidencia del Perú. La política no era una opción en mi vida de entonces sino una obligación ética. Mi familia sufrió fuertemente la hiperinflación de 1988, lo que nos hundió en la pobreza. Odiamos el gobierno de Alan García Pérez con una intensidad que solo da el carecer de dinero para vivir y pasar hambre.
La ubicación céntrica de mi colegio me permitió presenciar marchas violentas, mítines y enfrentamientos entre policías, universitarios y sindicalistas. Era un Perú convulso, sacudido también por el conflicto armado interno ocasionado por los grupos terroristas Sendero Luminoso y MRTA. En ese contexto, con lo poco que conocía, el periodismo parecía la carrera que unía mi interés por contar historias con la urgencia de estar en el centro de los hechos. Además, había terminado de leer Conversación en la Catedral de Vargas Llosa y quedé cautivado por la forma en que describía los mismos lugares y espacios que yo transitaba cada día.
Sabía, además, que algunos periodistas habían terminado como escritores, con vidas llenas de aventuras y anécdotas que los tenían entre la vida y la muerte, viajando constantemente, entrevistando políticos, deportistas, artistas o presenciando momentos históricos. Imaginar una vida así a mis cortos dieciséis años me parecía fascinante.
EL PRIMER GIRO INESPERADO

Desde los dos años viví con mi tía Lude y mi abuela materna Liseña, mis padres se separaron al año y medio de nacer; mi crianza inicialmente estuvo a cargo de mi padre, pero pocos años después decidió formar otra familia y mi presencia no estaba contemplada en sus planes. Fue mi tía quien asumió mi educación. Gracias a su apoyo económico inicié mis estudios en la Escuela de Periodismo “Jaime Bausate y Meza”.
Al finalizar mi primer año de estudios ingresé como practicante en un diario de Lima. Duré un par de meses. Conocer de cerca a algunos periodistas y presenciar el día a día de una redacción fue suficiente para desistir de seguir estudiando esa profesión. Volví al punto de partida, desorientado, con diecisiete años y sin saber que rumbo tomar en mi vida.
Fue mi novia de aquella época quien, sin saberlo, me abrió la siguiente puerta. La acompañaba a sus clases de fotografía y fui aprendiendo junto a ella lo técnico del oficio, las partes de una cámara, los tipos de rollos, las técnicas de revelado, la composición, el manejo de la luz. Me enamoré de esa profesión, leía sus libros y apuntes, y de vez en cuando cogía su cámara y practicaba. Pero la fotografía requería un capital económico que no tenía, así que solo me quedaba asistirla y admirar esa profesión desde lejos.
SER UN MOSTRO EN COMPUTACIÓN

El hermano de mi novia estaba obsesionado con los videojuegos y la computación. A mí me sonaba a ciencia ficción porque no conocía a alguien que tuviera un ordenador en su casa excepto él. Su entusiasmo era contagioso, me enseñó MS-DOS cuando Windows todavía no existía para nosotros. Aprendí sobre hardware, ensamblé y desarmé ordenadores investigando su funcionamiento, exploré mis primeros lenguajes de programación en las habitaciones del tercer piso de su casa que habían acondicionado como oficina/laboratorio y que me permitían usar diariamente.
Cuando llegó Microsoft Windows y su entorno gráfico, mi interés se enrumbó hacia el diseño. Me adentré en CorelDRAW y Corel Photo-Paint, las herramientas dominantes de la época. Profundicé tanto en esos softwares que incluso llegué a trabajar como diseñador en una imprenta. Lo aprendido en el periodismo y la fotografía me permitió dar un valor agregado a mi trabajo, corrigiendo textos o aplicando técnicas de redacción creativa a volantes o catálogos de venta, así como tener un mayor criterio en el uso y tratamiento de las imágenes.
A punto de cumplir 19 años parecía que había encontrado mi rumbo, tomé algunos cursos cortos de diseño gráfico publicitario, muchas veces me quedé horas extras en la imprenta ayudando a manejar una antigua maquina offset de 3 colores. Estaba excitado de abrir mis ojos ante un mundo desconocido hasta entonces.
EL ARTE ENTRA EN ESCENA
Queriendo ampliar mis capacidades y habilidades en el diseño tomé algunos cursos de dibujo y pintura en el Museo de Arte de Lima. Hasta ese momento, mi mayor acercamiento con el dibujo era replicar logos de grupos metaleros y «pichulitas» en mi cuaderno del colegio. En unos meses me enganché pasando cuatro o cinco horas diarias en el taller, haciendo retratos en vivo y bodegones.

Mi profesor me recomendó postular a la Escuela de Bellas Artes del Perú, me comento que las artes plásticas era un carrera profesional con grado universitario, la idea empezó a instalarse en mi mente poco a poco. Fui perdiendo interés en el diseño, visité la sede de la escuela y decidí postular, ingresando meses después.
Mi familia no entendió la decisión. ¿Estudiar arte? ¿De qué vas a vivir? Eran preguntas válidas y, para ser sincero, yo tampoco lo entendía del todo. Pero la pasión era real, no solo por hacer arte, sino por consumirlo. Visitaba galerías y espacios culturales, leía libros y revistas especializadas, y le prestaba mayor atención a la sección de cultura en los periódicos.
En Bellas Artes estudié durante ocho años. Los primeros cinco los pasé en la Especialidad de Grabado, aprendiendo técnicas como serigrafía, xilografía, aguafuerte, aguatinta, punta seca, litografía, cianotipia, etc. En el último año de esa especialidad tomé una decisión que ya se estaba convirtiendo en patrón, me trasladé a la especialidad de Pintura, lo que implicó prácticamente empezar de nuevo. Lo hice de forma consciente. Quería experimentar con técnicas, procesos y disciplinas distintas, y la especialidad de pintura me lo permitía.
LA CURIOSIDAD EXPLOTÓ
Cursando el quinto año de la especialidad de pintura compré mi primera computadora. Ya no dependía de la generosidad de amigos ni de las cabinas de internet del barrio. Tener mi propio ordenador me dio libertad para investigar, experimentar y aprender lo que se estaba creando en otros lugares del mundo y formar parte de sus foros de discusión.
Visto desde hoy, esos años de estudiante ampliaron mi gama de intereses alcanzando formas que entonces no comprendía del todo. Mis proyectos artísticos se volvieron multidisciplinares, mezclaban fotografía, artes plásticas, música, sonido, edición de video y lenguaje de programación. Era un desorden creativo que, con el tiempo, encontraría su nombre.
EL PATRÓN QUE NO VEÍA

Mirando hacia atrás, puedo ver con claridad un patrón que se repite durante toda mi trayectoria. Cada giro que tomé, como el periodismo abandonado, la fotografía admirada desde lejos, el diseño aprendido en la casa de mi novia, mi acercamiento a la computación o el arte, no fue una distracción. Fue una capa de profundidad. Y esas capas no se contradicen, se sostienen entre sí.
Mi energía me pide dominar razonablemente un campo y, en el momento que siento que cumple mis necesidades, aparece un nuevo territorio que me resulta urgente explorar. No como huida, sino como expansión. No creo que este camino sea para todos. Requiere una tolerancia alta a la incertidumbre, a las miradas de confusión a la tenacidad de adentrarse en algo nuevo. Con el tiempo aprendí que la curiosidad se honra con disciplina, no te dispersa, te construye.
Durante esos años sufría la presión social de encontrar un camino o una profesión que estudiar. Sin embargo, creo tuve la fortaleza de elegir seguir mi curiosidad, de apasionarme y entregarme a fondo en lo que me ilusionaba. En muchas ocasiones requería grandes sacrificios, pagar mis estudios a veces involucró dejar de comer algunos días o caminar 3 horas de ida y vuelta para estudiar.
Conocer el concepto de la polimatía me brindó otro enfoque, empecé a leer mi historia con otros ojos. Hay personas para quienes el conocimiento no se acumula sino que se teje. Que la conexión entre campos aparentemente distantes no es ruido, sino señal. Y que esa forma de aprender y de trabajar es sistémica e integral.
Lo que vino después de mis años en Bellas Artes es aún más interesante, nuevas y curiosas conexiones 😊 va en una segunda parte de este testimonio. Quiero cerrar con algo que me tomó años entender, no tenemos que definirnos en una sola frase, en un título o profesión, ni encajar en un único rol para toda la vida. He conocido personas que fueron tachadas de erráticas por crecer en múltiples direcciones. He visto cómo se descarta a gente capaz porque su trayectoria no sigue una línea recta. Pero las líneas rectas rara vez cuentan historias cautivantes. Hoy, muchas de ellas son las más interesantes que conozco y las más completas.
