En criminalística, el término Identikit designa un procedimiento de reconstrucción facial basado en la superposición de rasgos fisonómicos para delinear la imagen de un sospechoso. Este método, nacido de la voluntad de identificar, también revela la imposibilidad de una representación exacta: el rostro del “culpable” es siempre una construcción, una síntesis de percepciones, miedos y proyecciones colectivas.
El proyecto IDENTIKIT (2005) parte de esa metáfora para abordar la idea de la identidad nacional como sospechosa de su propio crimen. En esta ficción, el Perú aparece asesinado, tendido en una calle, mientras el espectador —testigo y cómplice— participa en el intento de reconstrucción de su asesino. Sin embargo, el “sospechoso común” nunca da la cara: su identidad se disuelve en las máscaras sociales y en las instituciones que encarnan la violencia estructural del país.
Las fotografías del proyecto se inscriben en una estética de crimen nocturno, donde la escena policial y el negativo fotográfico evocan tanto el registro forense como la inversión simbólica de la luz: lo que se oculta emerge, lo que parece evidente se oscurece.
Contexto
El proyecto se creó para mi primera exposición individual en una pequeña sala del Centro Cultural de la Escuela de Bellas Artes Perú, a pocos meses de haber egresado de la carrera de Arte, en un contexto político movido por el desencanto de lo que fue la vuelta a la democracia liderada por, quien en ese momento era presidente del Perú, Alejandro Toledo. Las graves denuncias de corrupción que recaían sobre Toledo y su esposa generaban un clima de inestabilidad, confusión y pérdida de confianza con una clase política que representó la esperanza en aquellos años.
El título del proyecto inicialmente fue IDENTIKIT. Cuatro historias de un sospechoso común, en pleno desarrollo de la producción y montaje, la renuncia del director del Centro Cultural generó descoordinaciones en la difusión del texto y nuevo nombre del proyecto.
Texto curatorial
IDENTIKIT, del artista Felipe del Águila, se articula como una reflexión visual y simbólica sobre los mecanismos de identificación y la violencia estructural del país. En esta ficción visual, el Perú aparece como un cuerpo inerte, tendido sobre el asfalto, evocando la escena de un crimen, mientras las personas retratadas asumen simultáneamente los roles de testigos y sospechosos. La escena policial se convierte en un escenario ético donde la mirada se ve comprometida, no hay culpables ni inocentes, solo un grupo de personas que representan a través de sus estructuras sociales, el mismo ciclo de violencia que pretende esclarecer.
Tomando como punto de partida el procedimiento forense del identikit —una técnica destinada a reconstruir el rostro de un sospechoso mediante la superposición de fragmentos fisonómicos—, el artista propone una metáfora sobre la imposibilidad de reconocer al verdadero culpable de un crimen mayor: el asesinato simbólico de la nación.
El uso del negativo fotográfico en los retratos de los “sospechosos” invierte los valores de luz y sombra, proponiendo una estética de la reversión: lo que debería revelar, oculta; lo que se invisibiliza, resplandece. En ese sentido, IDENTIKIT puede leerse como una exploración de la identidad nacional desde la sospecha y la fragmentación.
La propuesta de del Águila dialoga con las tensiones poscoloniales latinoamericanas donde, en el contexto peruano, la figura del “otro” —el indígena, el migrante, el marginal— sigue ocupando el lugar del sospechoso.
César Ramos.










